El salón era puro lujo. La luz de las arañas de cristal llenaba todo de destellos al rebotar en las copas de champaña.
Marta se movía entre los invitados con una sonrisa de compromiso que le salía perfecta, pero Raina se dio cuenta de que le temblaban los dedos al sostener su copa.
Desde la mesa principal, Raina no le quitaba el ojo de encima. Aunque se llevaban de la patada, verla así le revolvía el estómago.
—Señorita Quiles, déjeme brindar con usted —le dijo un hombre de mediana edad que se