Marta sacó fuerzas de donde no tenía para levantarse y se paró frente al espejo.
Quería retocarse el maquillaje, pero le temblaba tanto la mano que no podía ni pintarse los labios. Al final, frustrada y fuera de sí, estrelló el labial contra el suelo.
Se mantenía en pie por puro orgullo, de puro milagro, convencida de que Raina solo estaba ahí para verla acabada.
—No quiero tu lástima —le escupió Marta con odio—. ¡No te metas en mis asuntos!
Se dio la vuelta y salió del vestidor como pudo, con