Pero no se siente como una llegada común, no es el alivio de reconocer el destino, es algo más espeso, más cargado, como si el edificio no estuviera ahí por casualidad, como si hubiera estado esperándonos desde antes de que supiéramos que vendríamos.Las ventanas reflejan el atardecer con un brillo opaco, rojizo, como una herida que todavía no termina de cerrar, y por un segundo tengo la absurda sensación de que algo nos observa desde alguno de los pisos superiores, sin rostro, sin forma definida, solo presencia.El motor se apaga y el silencio cae de golpe.Ni Sam ni yo nos movemos.Mi tatuaje arde otra vez, no como advertencia, sino como reconocimiento, como si hubiera cruzado un umbral invisible y ahora estuviera reaccionando a algo que ya está aquí.—No es coincidencia —murmuro, casi para mí misma, mientras mis dedos se clavan en el asiento.Sam gira el rostro hacia el edificio con el ceño fruncido, analizando cada sombra, cada balcón, cada línea vertical que parece demasiado simé
Leer más