—¡Es un placer! —irrumpe Sam bajando del Ferrari.
—¿Placer? —dudo, miro a los lados y solo veo árboles aterradores que se despliegan sobre mí.
Un vapor difuso amenaza con estallar dentro de mi cuerpo, siento una combustión de químicos a punto de desenterrar un volcán.
Así que respiro hondo, demasiado, mi mirada se oscurece y asiento.
Sam intenta tomar mi mano y la aparto bruscamente.
La chica se adelanta, se detiene ante la puerta y gira la llave una vez en la cerradura.
La puerta chirría y ell