Sam aprieta el volante con tanta fuerza que los nudillos se le blanquean.
—Es por la subasta, Estela —responde con voz medida, demasiado medida—, necesitamos lo que ella tiene.
—¿Y para eso intercambian números como adolescentes en una fiesta? —escupo, sintiendo cómo la sangre me golpea las sienes.
El Ferrari avanza, pero dentro el aire está detenido, espeso, cargado de algo que no es solo rabia.
—No empieces —advierte, su tono baja medio tono, esa voz de alfa que usa cuando quiere imponerse si