La subasta.
En esta ocasión la calle no está atestada de autos lujosos que te roban el aliento con tan solo una mirada, ni de motores rugiendo como bestias metálicas frente a la joyería.
Todo lo contrario. La calle está extrañamente desierta, casi abandonada, y los árboles de las aceras se inclinan como si nos dieran una bienvenida silenciosa, mientras ese presagio maligno que siempre parece perseguirme se instala en mi pecho como un dardo frío, clavándose con una precisión absurda.
—¡Vamos! —me apresura S