El callejón.
Pero no se siente como una llegada común, no es el alivio de reconocer el destino, es algo más espeso, más cargado, como si el edificio no estuviera ahí por casualidad, como si hubiera estado esperándonos desde antes de que supiéramos que vendríamos.
Las ventanas reflejan el atardecer con un brillo opaco, rojizo, como una herida que todavía no termina de cerrar, y por un segundo tengo la absurda sensación de que algo nos observa desde alguno de los pisos superiores, sin rostro, sin forma defini