Esa mañana el gallo no cantó esa mañana. No porque no estuviera vivo, sino porque algo en el aire lo había enmudecido. El cielo, de un gris denso como masa de tortillas cruda, parecía presagiar algo más que lluvia. En el rancho de Selene, el silencio era un manto húmedo que se pegaba a la piel, que calaba hasta los huesos. Y Simón despertó con un nudo en el pecho que no tenía explicación, al menos no al principio.El olor a café recién colado y tortillas en el comal no lograron espantarle la pesadez. Se sentó al borde de la cama, con el torso desnudo, la respiración irregular, como si acabara de correr en medio de una tormenta. Se frotó la cara con ambas manos y miró sus palmas como si esperara que le revelaran algo. Pero no era en ellas donde estaba la respuesta, sino más profundo, más enterrado… En sus recuerdos.Selene ya estaba en la cocina, su trenza colgando sobre el hombro, el delantal manchado de masa, las mejillas sonrosadas por el calor del fogón. Cuando lo vio entrar, le so
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