El sol se había ocultado hace rato, pero la plaza del pueblo seguía llena, casi desbordada. La noche traía un viento fresco que removía las hojas de los árboles y las esparcía por las calles polvorientas de Pueblo Viejo. En el centro, frente al templete de madera desgastado por años de asambleas y festejos, una figura destacaba: Xavier. Vestía un traje oscuro impecable y una corbata perfectamente ajustada, su rostro serio y calculador bajo la mortecina luz de un foco suspendido que oscilaba con