La madrugada de aquel día olía distinto… como cuando el miedo se arrastra entre los surcos de la tierra como una víbora venenosa. No cantó ningún gallo, ni ladró un solo perro. El silencio era denso, espeso, lleno de presagio. Hasta que el fuego empezó a nacer en la oscuridad.
Lo primero que se oyó fue un murmullo siniestro: el crepitar de las llamas, el silbido del viento que avivaba la candela… y luego, el grito desgarrado de una mujer que vio su trabajo consumirse en humo.
—¡Fuego! ¡Ayuda, s