El sol apenas asomaba entre los campos cuando Selene se alistó. Se puso su blusa blanca bordada a mano, los aretes de plata que le había regalado su madre cuando cumplió quince años, y se peinó la trenza con flores de bugambilia frescas, tal como su abuela lo hacía en los días importantes. Su mirada estaba decidida, sus manos firmes, su corazón latiendo con fuerza, no de miedo, sino de determinación.Hoy no solo era la inauguración de la primera feria rural organizada por mujeres en el pueblo. Hoy, Selene iba a alzar la voz. Por ella. Por su madre. Por todas.Mientras caminaba hacia el centro del pueblo, podía sentir las miradas, algunas de admiración, otras de duda y algunas pocas de desconfianza. Los murmullos iban y venían, pero esta vez no se encogió ante ellos. Esta vez, su espalda estaba recta y sus pasos marcaban el ritmo de una mujer que había dejado de temer.La plaza estaba llena de manteles coloridos, mesas con dulces de leche, salsas caseras, tortillas hechas a mano, bor
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