Parecía un día común y corriente, de esos en que el calor del mediodía cae como plomo derretido sobre la carretera principal, esa cinta de asfalto que parte al pueblo en dos y hace que el aire se ondeé como si ardiera. Sin embargo, ese día los vecinos habían dejado sus casas, sus talleres y sus parcelas para recorrerla, no por gusto, sino porque una noticia se había corrido más rápido que el viento.La periodista, junto con su amigo el detective, había regresado con algo grande… algo que, si todo salía bien, pondría fin a los atentados y al miedo que había asfixiado a Pueblo Viejo por meses.No había música ni cohetes, y mucho menos fiesta. Lo que se respiraba era un murmullo grave que corría de boca en boca, como enjambre inquieto. Los hombres llegaban con sombreros de palma o gorras empapadas en sudor; las mujeres, con sus faldas largas y blusas bordadas, alzaban pancartas improvisadas con tela de costal y pintura roja: “La tierra es del pueblo”, “Fuera ratas”, “No nos callarán”. Y
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