Capítulo 41.

El rancho olía a tierra recién mojada. Había llovido toda la noche, y la bruma aún abrazaba los campos, como si la tierra misma quisiera esconderse del espanto que la había golpeado días antes. Las cercas dañadas seguían ahí, una herida abierta que nadie quería mirar demasiado tiempo. Los becerros muertos habían sido enterrados con respeto, casi como si fueran parte de la familia. El coraje todavía flotaba en el aire, pegajoso, callado, hondo.

Pero la calma no era paz. Solo era la pausa entre u
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