El momento después de la abofeteada se congeló como una fotografía, con Franco tocándose la mejilla y esa sonrisa perturbadora todavía en su rostro.Isabella respiraba con dificultad, su mano todavía temblando en el aire, el ardor de la piel de su padre todavía vibrando en su palma. Había golpeado a hombres armados, había enfrentado criminales en callejones oscuros, había sobrevivido situaciones que habrían quebrado a personas más fuertes. Pero nunca había sentido este tipo de rabia: pura, visceral, nacida de años de duelo mal procesado y mentiras que ahora se revelaban como algo mucho peor que la muerte.Franco se tocó la mejilla con movimientos lentos, casi contemplativos, como si estuviera evaluando la fuerza del golpe en lugar del dolor. Su sonrisa nunca vaciló. Si acaso, se amplió ligeramente, como si la violencia de su hija fuera exactamente lo que había estado esperando.—Bien —dijo con voz suave, casi paternal—. Eso estuvo bien, Isabella. Tu madre solía golpearme así cuando est
Leer más