El lunes amaneció con lluvia gris que golpeaba las ventanas como dedos impacientes. Valeria y Enzo habían regresado de la fábrica abandonada cerca de las cuatro de la madrugada, demasiado agotados para hacer más que colapsar en la cama todavía vestidos, el contador de Franco quemándose en sus mentes.
Treinta y seis horas. Treinta y cinco. Treinta y cuatro.
Valeria despertó a las nueve, encontrando el espacio junto a ella vacío pero todavía tibio. Escuchó voces abajo: Enzo, Carmen, Gabriel. El ce