El momento después de la abofeteada se congeló como una fotografía, con Franco tocándose la mejilla y esa sonrisa perturbadora todavía en su rostro. Entonces, con movimientos deliberados, sacó la silla nuevamente y se sentó como si nada hubiera pasado.
—Siéntate, Isabella. Tenemos mucho de qué hablar.
—No tengo nada que hablar contigo—
—Siéntate. —Esta vez su voz era diferente, con un filo que cortaba—. O me voy ahora y nunca obtendrás respuestas. Tu elección.
Isabella vaciló, mirando hacia dond