Valeria estaba sentada en la oscuridad de la sala cuando escuchó la llave girando en la cerradura. Eran casi las ocho de la noche. Había pasado horas sentada allí después de regresar del café, procesando lo que había presenciado desde su coche, incapaz de moverse, de pensar, de hacer nada excepto reproducir la imagen de Isabella subiendo voluntariamente al vehículo de Franco.
La puerta se abrió. Enzo entró, y la luz del pasillo reveló su rostro devastado antes de que encendiera las luces de la s