El café que Marcus había elegido resultó ser uno de esos establecimientos anónimos cerca de Atocha, el tipo de lugar donde nadie recordaba caras y las conversaciones se perdían entre el murmullo constante de viajeros y el silbido de la máquina de espresso. Valeria llegó diez minutos tarde deliberadamente, pero Marcus ya estaba allí, ocupando una mesa en la esquina más alejada de la entrada, con la espalda contra la pared y los ojos escaneando constantemente el local.La transformación era brutal. El hombre que había sido su mentor, que irradiaba confianza y control incluso en sus peores momentos, parecía haber envejecido una década en pocas semanas. Su traje, siempre impecable, ahora colgaba ligeramente de su frame más delgado. Las ojeras bajo sus ojos hablaban de noches sin dormir, y sus manos, que antes gesticulaban con elegancia calculada, ahora tamboriaban nerviosamente sobre la mesa.—Llegaste —dijo cuando ella se acercó, y había algo casi sorprendido en su voz, como si realmente
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