Daniela Ruiz llegó a la casa Costa a las ocho de la mañana del viernes, cargando un maletín de cuero gastado que parecía contener el peso del mundo. Valeria y Enzo la esperaban en el comedor, con café que ninguno había tocado, la tensión de la noche anterior todavía flotando entre ellos como humo que no terminaba de disiparse.
Isabella bajó las escaleras cuando escuchó voces, su rostro pálido, ojeras marcadas bajo sus ojos. Se detuvo en el umbral, como si temiera entrar completamente a la habita