El amanecer del domingo llegó sin que Valeria hubiera cerrado los ojos. Había pasado toda la noche mirando el techo, sintiendo el peso de Enzo a centímetros de distancia pero a mundos de alcance, la imagen de él abrazando a Isabella quemándose detrás de sus párpados cada vez que intentaba parpadear.
A las seis de la mañana, no pudo más.
Se levantó de la cama con movimientos bruscos, haciendo que Enzo se despertara sobresaltado.
—¿Valeria?
—Quiero que se vaya.
Enzo se frotó los ojos, desorientado