El silencio después del primer disparo fue más aterrador que el estruendo mismo.Valeria yacía bajo el peso de Enzo, su cuerpo cubriéndola con una precisión que hablaba de entrenamiento militar, de reflejos cultivados en situaciones donde un segundo de retraso significaba la muerte. El vidrio continuaba cayendo en fragmentos diminutos, creando una melodía discordante contra el suelo de mármol. Carmen había desaparecido de su campo visual, probablemente arrastrándose hacia alguna posición estratégica, y el grito que había escapado de su garganta aún resonaba en los oídos de Valeria como un eco fantasmal.—No te muevas —la voz de Enzo era un susurro áspero contra su oído, tan bajo que Valeria apenas podía escucharlo por encima del martilleo de su propio corazón—. Ni un maldito músculo, Valeria.Pero la adrenalina que corría por sus venas no entendía de órdenes. Su mente calculaba distancias, rutas de escape, la ubicación exacta de Lorenzo. El niño estaba en el segundo piso, en una habita
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