La carrera de regreso al taller fue veinte minutos de adrenalina pura. Enzo conducía como si cada segundo importara. Probablemente importaba.
Llegaron a encontrar la puerta principal forzada. Dentro, el taller estaba destrozado de manera diferente al vandalismo anterior. Esto no era destrucción por rabia. Era lucha. Sillas volcadas, mesa corrida, telas arrancadas de percheros como si alguien se hubiera agarrado de ellas mientras era arrastrada.
Carmen no estaba.
La silla donde había estado atada