La llamada llegó a las tres de la mañana, arrancándola de un sueño inquieto poblado de sombras que no lograba identificar. Valeria abrió los ojos en la oscuridad de su dormitorio, su mano buscando instintivamente el teléfono que vibraba con esa insistencia que solo traían las malas noticias.El nombre de Javier parpadeaba en la pantalla.Supo lo que había pasado antes de contestar. Lo supo con esa certeza primitiva que existe en el cuerpo antes de que la mente pueda procesarlo, una comprensión visceral que le robó el aire de los pulmones mientras deslizaba el dedo sobre la pantalla.—Valeria. —La voz de Javier sonaba hueca, vaciada de todo excepto del cansancio—. Se fue hace media hora. Estaba dormida. No sufrió.Las palabras flotaron en el aire entre ellos, simples y devastadoras en su simplicidad. Valeria sintió algo quebrarse en su pecho, una fisura limpia que se extendía desde el esternón hasta la garganta. Pero al mismo tiempo, algo se reparaba. Una deuda saldada. Una promesa cump
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