El taller se había convertido en una zona de guerra. Eran las dos de la madrugada y el equipo completo seguía trabajando: tres costureras veteranas que Carmen había convencido de venir, Lucía coordinando envíos urgentes, y Gabriel —el asistente de diseño que Valeria había contratado hacía meses— ajustando los últimos patrones.
Valeria estaba de pie frente al vestido principal, el que cerraría el desfile. Seda color medianoche con bordados de hilo dorado que formaban constelaciones. Era hermoso.