La villa se alzaba entre los cipreses como una promesa de otros tiempos, sus paredes de piedra caliza absorbiendo los últimos rayos del sol toscano mientras Enzo detenía el Alfa Romeo frente a la entrada principal. Valeria observó la estructura con una mezcla de admiración y aprensión que no lograba desenredar. Las tejas rojizas coronaban el edificio de dos pisos, y las vides trepadoras se aferraban a los muros con esa persistencia que solo décadas de crecimiento podían cultivar.—Villa Serenità —anunció Enzo, apagando el motor—. Ha pertenecido a mi familia durante cuatro generaciones.Valeria descendió del coche, sus tacones hundiéndose ligeramente en la grava del camino de entrada. El aire olía a lavanda y tierra húmeda, con ese toque de hierba recién cortada que solo los campos italianos sabían ofrecer. A la distancia, las colinas ondulaban como olas verdes congeladas en el tiempo, viñedos extendiéndose hasta donde la vista alcanzaba.—Es hermosa —admitió, y la sinceridad en su voz
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