La luz del amanecer se filtraba por las cortinas cuando Valeria despertó. Por un momento, desorientada, no supo dónde estaba. Luego sintió el calor del cuerpo de Enzo junto al suyo, su brazo rodeándola posesivamente incluso en sueños, y la realidad la golpeó.
Habían cruzado la línea. Finalmente, irrevocablemente, habían cruzado la línea.
Se quedó inmóvil, observando el perfil de él a la tenue luz del alba. Dormido, sin esa máscara de empresario implacable, parecía más joven, más vulnerable. La s