Valeria cerró la puerta de la habitación 412 con suavidad, como si el más mínimo ruido pudiera romper el momento frágil que acababa de vivir. Las lágrimas corrían libremente por sus mejillas, pero esta vez no eran lágrimas de dolor sino de liberación.
Enzo estaba exactamente donde había prometido estar, apoyado contra la pared con las manos en los bolsillos. Cuando la vio, se enderezó inmediatamente, su expresión cambiando de preocupación a alivio.
—¿Cómo estás? —preguntó suavemente.
Valeria no