La Toscana se desplegaba ante Valeria como un lienzo perfecto. Colinas ondulantes, cipreses que se alzaban como centinelas y un cielo tan azul que parecía irreal. Desde la ventanilla del coche, todo lucía como una postal, pero ella apenas lo notaba. Su mente estaba en otro lugar: en el hombre que conducía a su lado.
Enzo manejaba con esa elegancia natural que parecía impregnar cada uno de sus movimientos. Manos firmes sobre el volante, perfil recortado contra el paisaje toscano, como si hubiera