La luz del domingo se filtraba a través de las ventanas de la casa con esa claridad particular que solo las mañanas de finales de julio sabían ofrecer a Madrid. Valeria despertó con las náuseas matutinas ya familiares, menos intensas que con los gemelos pero persistentes, un recordatorio constante de las doce semanas de vida que crecían dentro de ella. Se incorporó lentamente, una mano sobre su vientre todavía plano, y observó a Enzo dormido a su lado.Tres días. Habían pasado tres días desde el paquete de Vladivostok, desde que Viktor confirmara que Claudia conocía su ubicación, desde que la seguridad se había duplicado hasta niveles que rayaban en lo militar. Y en esas setenta y dos horas, ninguno de los dos había dormido realmente bien.El teléfono de Enzo vibró sobre la mesilla de noche, arrancándolo del sueño inquieto. Sus ojos verdes se abrieron inmediatamente, esa alerta instantánea de quien había aprendido a vivir en guardia permanente. Tomó el dispositivo, leyó el mensaje, y a
Leer más