La primera contracción verdadera llegó como un puño de hierro cerrándose alrededor de su vientre, tan intensa que arrancó un grito de los labios de Valeria antes de que pudiera siquiera procesar lo que estaba sucediendo. No era como las contracciones de Braxton Hicks que había experimentado durante semanas, ni siquiera como las que la habían llevado al hospital en falsa alarma días atrás. Esto era diferente. Primitivo. Aterrador.Y luego sintió el líquido cálido deslizándose por sus muslos.—No, no, no. —Las palabras salieron en un susurro quebrado mientras miraba hacia abajo, viendo la mancha oscura extenderse sobre las sábanas blancas de la suite—. Demasiado pronto. Es demasiado pronto.Eran las dos y media de la madrugada. La oscuridad del Mediterráneo se extendía más allá de las ventanas como un vacío infinito, sin estrellas visibles, solo el sonido constante de las olas contra el casco del Artemis. Enzo despertó inmediatamente al escuchar su grito, sus manos buscándola en la oscur
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