La ambulancia blindada se detuvo frente a lo que parecía ser una formación rocosa natural en las montañas, a dos horas al norte de Madrid. Valeria observó por la ventana oscurecida, buscando alguna señal de estructura, de entrada, de cualquier cosa que indicara que este lugar era más que piedra y vegetación salvaje.—No veo nada —murmuró, ajustando la manta térmica alrededor de las incubadoras donde Mateo y Lucas dormían, sus pequeños pechos subiendo y bajando con la ayuda de los respiradores portátiles.Enzo presionó algo en su teléfono. La formación rocosa se deslizó hacia un lado con un susurro mecánico tan suave que Valeria apenas lo escuchó por encima del zumbido de los monitores médicos. Una rampa descendía hacia la oscuridad, iluminándose gradualmente con luces LED empotradas en las paredes de concreto reforzado.—Bienvenidos a casa —dijo Viktor desde el asiento del conductor, su voz monocorde como siempre—. Diseño de Sebastián Morales. Noventa por ciento subterráneo. Entrada ca
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