Lorenzo Barbieri recordaba con nitidez aquel día, como si las imágenes se hubieran tatuado en su mente, imposibles de borrar aunque pasaran los años. Había amanecido temprano, el aire olía a humedad y a tierra mojada, los caballos relinchaban en los establos, impacientes por salir a cabalgar. Él era uno de los capataces de confianza, siempre atento a las órdenes, siempre al pendiente de Martina, la joven ama, que aquel día tenía una sonrisa tímida y un brillo extraño en los ojos, como si supiera que algo estaba a punto de cambiar.Martina quería montar a Antares, el caballo que tanto amaba, y Lorenzo fue quien preparó la silla, revisó las correas, acarició el lomo del animal y le susurró al oído para tranquilizarlo. Nada estaba fuera de lugar, todo estaba seguro, hasta que vio, de reojo, la sombra de Adalberto acercándose, con esa sonrisa torcida que siempre ocultaba bajo una máscara de amabilidad.—No te preocupes, Lorenzo, yo me encargo de la joven ama —dijo con voz firme, casi impe
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