Hay una forma particular en que el mundo parece reorganizarse después de una confesión. No cambia de manera visible para los demás —los edificios siguen siendo los mismos, las conversaciones continúan en los mismos pasillos, el campus mantiene su ritmo habitual—, pero para quienes han cruzado ese pequeño umbral invisible todo se siente ligeramente diferente. Esa fue la sensación que me acompañó a la mañana siguiente cuando regresé al laboratorio. El aire tenía ese frescor tranquilo de las primeras horas del día, y el campus todavía estaba medio adormecido, con estudiantes caminando hacia sus primeras clases mientras la luz del sol comenzaba a filtrarse entre los árboles del jardín central.La noche anterior, después de despedirme de Paolo cerca de la residencia estudiantil, me había quedado pensando en lo fácil que había sido todo. Durante semanas —tal vez meses— había imaginado esa conversación como algo potencialmente complicado, lleno de matices que podían salir mal si no se decían
Leer más