Hay una forma particular en que el mundo parece reorganizarse después de una confesión. No cambia de manera visible para los demás —los edificios siguen siendo los mismos, las conversaciones continúan en los mismos pasillos, el campus mantiene su ritmo habitual—, pero para quienes han cruzado ese pequeño umbral invisible todo se siente ligeramente diferente. Esa fue la sensación que me acompañó a la mañana siguiente cuando regresé al laboratorio. El aire tenía ese frescor tranquilo de las prime