Yago no había tenido suficiente. A pesar de la descarga anterior, su virilidad seguía desafiante, alimentada por la visión de Belém sumisa y devota. Con una mano enredada en el cabello de ella, ejerciendo esa fuerza delicada pero dominante que tanto la excitaba, guio la cabeza de Belém hacia su miembro erecto una vez más.Belém no opuso resistencia; al contrario, abrió la boca y lo recibió con un placer evidente, saboreando su propia obra, humedeciéndolo para lo que vendría después. Pero Yago no quería solo eso. La detuvo tras unos segundos, retirándose suavemente de su boca, y la miró con ojos oscuros, inyectados de lujuria.—Ponte arriba de mí —ordenó, su voz rasposa rompiendo el aire denso de la habitación—. Y no te detengas. Quiero verte tomarlo todo.Yago se dejó caer de espaldas sobre las almohadas, acomodándose, quedando expuesto y listo para ella. Belém, movida por una urgencia que le quemaba la piel, subió a la cama y se colocó a horcajadas sobre él. Sus rodillas se hundieron
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