El silencio en la calle Quetzalcóatl era denso, solo roto por el tic-tic-tic del motor del Mustang enfriándose. Yago del Castillo, con la guardia baja por primera vez en meses, miró a Belem. La tentación ya no era un susurro; era un grito. Su cuerpo, traicionando a su intelecto, anhelaba esa despedida sucia y definitiva que ella le ofrecía.Yago, metafóricamente, soltó la moneda al aire. Decidió jugar con el borde del abismo.—Si aceptaba... —dijo Yago, con la voz grave y rasposa—, ¿cuánto tiempo tenemos?Belem, al escuchar esa pequeña grieta en su negativa, sintió una descarga de esperanza pura. Sus ojos brillaron, depredadores y suplicantes a la vez.—El tiempo que quieras —respondió Belem rápidamente, acercándose un paso más, invadiendo su espacio vital—. Puedo decirle a Vera que me tardé más, o que tuve que salir porque salió un caso urgente y tuve que ir al despacho. Vera me cubrirá, y Javier no preguntará.Belem comenzó a enumerar las opciones con una urgencia febril, temiendo q
Leer más