La atmósfera en la antesala de la presidencia de CIRSA era de una tensión eléctrica, casi irrespirable. El aire acondicionado mantenía la temperatura en unos perfectos veintidós grados, pero para la secretaria ejecutiva de Ludwig, el ambiente se sentía como el interior de un horno a punto de estallar.
Sentado en uno de los sillones de cuero italiano de la sala de espera, con la postura erguida de un monarca que espera una audiencia que él mismo ha concedido por lástima, estaba Viktor Korályov.