Al entrar en la seguridad de su habitación, Belém cerró la puerta con el pestillo, buscando un último momento de aislamiento. Se quitó la ropa lentamente, dejando caer las prendas que aún conservaban el aroma de Yago al suelo. Desnuda, caminó hacia el espejo de cuerpo entero que estaba en la esquina.
La imagen que le devolvió el cristal no era la de la mujer cansada que solía llegar de trabajar; era la imagen de una mujer marcada, transformada. Su piel estaba sonrojada, su cabello revuelto, sus