La puerta del despacho se abrió y Ludwig salió a recibirlo. Para sorpresa de todos los presentes, especialmente de Viktor, Ludwig estaba sobrio. Sus ojos estaban claros, alertas, en pleno uso de sus cinco sentidos, algo inusual para la hora y para su fama reciente.Ludwig abrió los brazos y soltó un saludo en ruso. —Zdorovo, muzhik! Kak dela?Su pronunciación era terrible. Era un ruso vulgar, campirano, crudo; el tipo de lenguaje que usaría un granjero en la estepa profunda o un matón de taberna. No tenía nada que ver con el ruso de Yago, que Viktor había escuchado en ocasiones: refinado, culto, aristocrático, con la gramática perfecta de quien ha leído a Tolstói en su idioma original. El contraste era abismal; el padre sonaba a tierra y sudor, el hijo sonaba a historia y poder.Viktor, sin embargo, mantuvo la diplomacia. Con una sonrisa cortés que no llegaba a sus ojos, escuchó la barbarie lingüística de su rival y respondió con un fuerte apretón de manos. Ludwig apretó con fuerza, u
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