La tensión en la calle Quetzalcóatl cambió de frecuencia. Ya no era solo deseo; ahora era biología y cálculo. Yago del Castillo, buscando una excusa racional para detener la locura, recurrió a su memoria infalible sobre el cuerpo de Belem.
—Belém, además... ¿cómo sé que estás en tus días fértiles? —preguntó Yago, con una ceja arqueada, desafiando a la naturaleza con su arrogancia habitual—. Según lo que recuerdo de tu ritmo biológico, aún no estás en la ventana de ovulación. Y te apuesto lo que