La asistente personal de Alina Del Castillo (antes de la Vega) había salido de la oficina, llevándose consigo la orden verbal de iniciar la cacería de información. La puerta se había cerrado, y el silencio volvió a reclamar el despacho del piso 50.Sin embargo, para una mente como la de Alina, una orden verbal, aunque poderosa, siempre dejaba un margen de error. En el mundo de KORALVEGA, donde las acciones subían y bajaban por un rumor mal colocado y donde la lealtad se medía en milisegundos, la confirmación digital era el único sello de garantía real. Además, había detalles logísticos que no podía dejar al aire, especialmente cuando se trataba de dinero negro.Alina se sentó nuevamente en el sillón Chesterfield, sintiendo la suavidad del cuero contra su espalda y, más íntimamente, la protección del algodón contra su piel.Sacó su celular.No abrió WhatsApp, ni Telegram, ni Signal. Esas aplicaciones eran para la gente común, para los civiles que creían ingenuamente en la privacidad de
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