El aire en la habitación se sentía denso, cargado de un magnetismo que Yestin apenas empezaba a descodificar. En su interior, una tormenta desconocida estaba cobrando fuerza. Su cuerpo, que hasta hace poco seguía las reglas de la timidez, ahora parecía pertenecerle a alguien más, o quizás, por primera vez, le pertenecía enteramente a ella y a sus instintos. Nuevas emociones la invadían, extrañas y abrumadoras. No eran solo sentimientos; eran impulsos eléctricos que nacían en sus "montañas", donde esos pequeños aparatos vibraban con una insistencia casi cruel. La sensación era una mezcla de cosquilleo insoportable y una urgencia que le nublaba el juicio. Pero el epicentro de su perdición estaba justo en medio, allí donde la vibración se sentía como un pulso constante que le exigía rendirse. Se sentía tan bien, tan devastadoramente perfecto, que el pudor se evaporó. No le importó que Castiel, su esposo, estuviera allí, observando cada espasmo, cada rictus de placer en su rostro. De hec
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