El eco de sus propios tacones sobre el mármol del club le devolvía a Alma una seguridad que, en el fondo, se le estaba escapando entre los dedos. Caminaba por los corredores con esa barbilla en alto, esa que decía "aquí mando yo", aunque por dentro las tripas se le retorcieran de puro coraje. Antes de llegar a las escaleras, se detuvo. Un pequeño respiro, un ajuste rápido a la correa de su bolso. Desde ahí arriba, la vista era privilegiada. Abajo, en el hervidero de luces neón y humo de tabaco caro, estaba Joseph. Lo observaba moverse entre las mesas, eficiente, silencioso, casi invisible para los demás, pero para ella era como una mancha de aceite en un vestido de seda. Sabía que él tenía algo que ver con la desaparición de su hija; lo sentía en el aire, en esa mirada esquiva que el tipo le lanzaba de vez en cuando. Pero no tenía nada. Ni una foto, ni un mensaje, ni una confesión. Sin pruebas, Clay nunca lo echaría. Joseph era demasiado útil, y en este negocio, la utilidad valía más
Leer más