El cristal de la copa tintineó contra sus dientes, un sonido metálico que cortó el silencio sepulcral de la estancia. Castiel apuró el líquido ámbar, sintiendo cómo el alcohol quemaba su garganta y, con suerte, incineraba el nudo de acero que se le había formado en el pecho. Nunca, en sus treinta años de vida, se había sentido tan expuesto. Para un hombre que había construido un imperio sobre la base de la frialdad y el cálculo, mostrar el corazón era como entregarle a un enemigo el arma cargada con la que planeaba ejecutarlo. Sus ojos, usualmente gélidos y distantes, buscaron los de su esposa. Allí estaba ella, Yestin, la mujer que había comenzado como un contrato y que ahora amenazaba con derribar sus murallas de granito. —Sí… y por eso quiero que esto funcione —confesó Castiel. Su voz, siempre profunda y autoritaria, flaqueó en la última sílaba, revelando una vulnerabilidad que lo hizo estremecer—. Te prometo que pondré todo de mí. Cada gramo de voluntad, cada esfuerzo que sea ca
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