Chloe, en el suelo, sentía el frío del agua filtrándose por las costuras de su vestido de seda, una pieza de tres mil dólares ahora reducida a un trapo empapado y sucio. Se miró en el gran espejo de marco dorado: su máscara de perfección se había derretido. El rímel le surcaba las mejillas como cicatrices negras y el peinado, que le había tomado tres horas a su estilista, colgaba en mechones lánguidos y sin vida. La furia, una quemazón agria que le subía por la garganta, la obligó a ponerse en pie. Sus tacones de aguja patinaron en el charco que ella misma había provocado al salir de la regadera. Intentó lanzarse contra la espalda de Yestin, pero el destino —o la física de los stilettos sobre suelo mojado— tuvo otros planes. Con un grito ahogado, sus pies perdieron tracción y Chloe aterrizó de nuevo, esta vez de forma mucho más estrepitosa, con un golpe seco que le vibró en los dientes. —Ja, ja, ja... eso te mereces —la risa de Yestin cortó el aire, afilada y llena de un desprecio qu
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