El humo del cigarrillo de Donatello se arremolinaba en el aire denso de su oficina, dibujando figuras fantasmales que parecían burlarse de su cordura. No podía quitársela de la cabeza. Esa joven, Yestin, era un eco viviente de un pasado que él mismo se había encargado de enterrar bajo capas de frialdad y violencia. La mandíbula se le tensó al recordar cada detalle: los pómulos sutiles, los labios finos que guardaban secretos y, por encima de todo, esos ojos cafés claros. Eran los ojos de Alma Valenzuela. Una mirada que pretendía ser cristalina, de las que juran no haber roto un plato jamás, mientras esconden el veneno más letal tras la pupila. Donatello cerró los ojos y, de repente, ya no estaba en su lujoso despacho. Tenía veintiocho años otra vez. Se sintió joven, invencible, con la sangre hirviendo por la adrenalina de las noches eternas. En aquella época, el mundo era su patio de recreo; iba de club en club, devorando la vida, perdiéndose entre mujeres cuyo nombre olvidaba al aman
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