—¡Ya te dije que no lo sé! —el grito de Joseph retumbó en las paredes, cortando el silencio sepulcral de la casa como un látigo—. Y ya deja de molestar. Algunos sí tenemos cosas reales que hacer aparte de dormir todo el día y buscar culpables en cada rincón.
Alma retrocedió un paso, no por miedo, sino por la pura indignación que le encendió la sangre. Sus ojos, fríos y calculadores, se entrecerraron. Sabía que Joseph era un hueso duro de roer, pero también sabía que todo hombre en ese círculo t