El amanecer se filtró por las finas cortinas de seda, no como una caricia, sino como una intrusión. La luz hería los ojos de Yestin, obligándola a salir del refugio del sueño para enfrentar la realidad de ese techo desconocido. Se quedó allí, inmóvil, observando las molduras de yeso mientras sus manos apretaban instintivamente las cobijas. Tenían un color que le revolvía el estómago; un tono apagado que le recordaba a la ropa vieja, a la suciedad, a todo lo que siempre había querido dejar atrás. El odio por esos colores no era gratuito; era una cicatriz. Cerró los ojos y, de repente, tenía seis años otra vez. Joseph, con esa sonrisa que era su único escudo, le había regalado un vestido de princesa. Era rosa, con capas de tul que crujían al caminar y piedritas que brillaban como estrellas. Por un segundo, Yestin se había sentido hermosa, digna de ser amada. Pero el recuerdo cambió de color cuando la silueta de su madre apareció en el marco de la puerta. —Mírate —había escupido la muje
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