Adrián tardó tres horas en explicarme la estructura de lo que él llamaba, sin grandilocuencia, "el negocio".No era un monólogo. Era una conversación, con preguntas mías y respuestas suyas, y a veces con Marco añadiendo datos desde el otro lado de la mesa con la eficiencia de una enciclopedia humana. Había café. Había mapas sobre la mesa. Y había, por primera vez desde que llegué a esta casa, la sensación de que me estaban tratando como alguien capaz de entender lo que estaba escuchando.La Corporación Valente había empezado como empresa familiar de importación. Después de la ruina provocada por mi padre, Adrián la había reconstruido durante once años desde cero, pero en otro nivel. No solo importación limpia. También servicios de "seguridad privada", que era como se llamaban en el papel ciertas operaciones que en la práctica incluían cosas bastante más grises. Control de rutas de distribución en el corredor este. Acuerdos con tres o cuatro grupos menores que operaban bajo su paraguas
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