El lugar no era casualidad, aunque ninguno de los dos lo había dicho en voz alta. Era un café discreto, casi escondido entre calles que Camila rara vez transitaba, como si ambos hubieran intentado evitar cualquier rincón que les recordara lo que fueron. Aun así, cuando lo vio entrar, supo que no había distancia suficiente en el mundo capaz de borrar lo que sentía. Julián se detuvo apenas cruzó la puerta, sus ojos recorriéndola con una mezcla de culpa y necesidad contenida, como si hubiera ensayado mil veces ese momento y aun así no supiera qué hacer con él. Camila sintió cómo el pecho se le apretaba, no de sorpresa, sino de todo lo que había intentado enterrar desde la última vez que lo vio.—Hola, Camila —dijo él finalmente, con la voz más baja de lo que ella recordaba.—No sé por qué acepté venir —respondió ella, sosteniéndole la mirada, aunque por dentro todo en ella temblaba.Julián asintió levemente, aceptando el golpe sin defenderse.—Porque necesitamos dejar de huir —dijo—. Por
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