Benjamín no podía creer que su oportunidad se estuviera esfumando. Versalles estaba a punto de cruzar el umbral del restaurante y él permanecía allí, retenido por hombres que le arrebataban su único boleto de salida de la miseria. Arriesgándose a que su vida terminara esa misma noche sobre el pavimento, gritó con todas sus fuerzas: — ¡Señor Versalles! ¡Déjeme trabajar para usted! El hombre se detuvo un segundo, lo miró de arriba abajo y sonrió con desdén antes de entrar al local. —Vete de aquí si no quieres quedar como un recuerdo —le siseó el guardia que lo sujetaba, apretando el hombro con fuerza amenazante. Benjamín retrocedió. Se alejó con una sensación de derrota que le quemaba el pecho. Se sentó en el suelo, frente a una casa vieja, y apretó los puños con rabia. Tenía que pensar en algo; no podía seguir siendo un "don nadie" cuando sentía que había nacido para mucho más. Al llegar a su casa, el panorama era desolador. —Benjamín, ¿dónde estabas? —le preguntó Rocío,
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