Benjamín y Versalles llegaron a Roma y se instalaron en una soberbia mansión, propiedad de Versalles, a las afueras de la ciudad; tenía la arquitectura de un castillo y estaba rodeada por un jardín idílico. —¿Qué te parece? —preguntó Versalles a Benjamín, apostado con las manos en la cintura y contemplando el paisaje con orgullo. —Es bellísima, es lo único que puedo decir, señor —contestó él, mientras la palabra "señor" le quemaba la garganta. —Ven, que una de las empleadas te muestre tu dormitorio. Mañana temprano iremos a ver a los Raccuzo; ya sabes, no lo mires directo a los ojos, yo soy quien hablará. —Sí, señor, usted es mi jefe —contestó Benjamín con una seriedad gélida. Una de las empleadas lo condujo a su habitación; era magnífica, con una cama imponente de sábanas de seda y pesadas cortinas de terciopelo. —¿Es de su agrado, señor? —preguntó ella con suma reverencia. —Sí, lo es. Ella se retiró en silencio, con un respeto absoluto. Benjamín se quitó el saco, lo dejó
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